Los 3 pilares para preparar una prueba de 100 km

Esteban Monje entrenando 100 km

La preparación de una carrera no debe tomarse a broma. Sobre todo si entre tus objetivos incluyes aspectos tan importantes como no lesionarte durante la carga de entrenos; obtener un buen resultado el día de la prueba, o tener una buena recuperación post-carrera. Los tres se encontraban en mi cabeza cuando decidí ponerme a prueba en la distancia de los 100 kilómetros, por lo que me tomé el tema en serio. 

No se trataba de un simple “ir a ver que sale”, o un “haré lo que pueda” o, peor aún, un “hasta donde llegue y punto”; había que prepararlo todo bien y apoyarlo en tres puntales básicos:

  • Un buen entreno.
  • Apoyo psicológico de la personas cercanas.
  • Una alimentación que no se convirtiera en un enemigo y sí en un aliado.

Los entrenos, ayudado por un amigo entrenador, comenzaron casi seis meses antes. Partíamos de una planificación semanal, apoyada por una imprescindible comunicación casi diaria, que se corregía en base a la carga de trabajo, viajes o algún que otro imprevisto, y sirvió como una buena base sobre la que realizar entrenos más específicos en el segundo trimestre. Iba sumando y, lo más importante, asimilando carga en un cuerpo que los aceptaba mejor que la cabeza.

La labor psicológica, podemos llamarlo apoyo de gente cercana que nos empuja a madrugar o trasnochar cuando el cuerpo pide cama o sofá, adquiere un sentido de necesidad. Sí, reconozco que sin eso no habría sido tan cumplidor. Lo ves, sobre todo, cuando arrancas y solo te lleva diez minutos que la cabeza te envíe mensajes endorfínicos sobre lo a gusto que estás cumpliendo con tu tarea. Total, que día a día, acumulando volúmenes de entre 100 y 140 kms por semana y sin lesión a destacar, fuimos cubriendo los seis meses de entrenamiento. Masajes de descarga cada tres semanas y capacidad para planificar los descansos cuando corresponde, como parte importante de la programación, me llevaron a la línea de salida con el primero de los objetivos cumplido.

Durante la fase de entrenamiento también fuimos incluyendo aspectos relacionados con la alimentación. Más que incluir, diría que fuimos probando cosas. De una forma poco científica, pero siempre que tenía un entrenamiento largo anotaba como me había sentado lo que había comido o cenado ese día, y cómo me había sentido a nivel de rendimiento. No descubrí nada que no supiera, pero sí confirmé que ciertos alimentos no son recomendables cuando tienes una tirada de dos horas y media, o cuando tocan exigentes cambios de ritmo… Si no tienes esto en cuenta, puedes acabar buscando un sitio entre unos arbustos o detrás de una pared para pagar por el despiste. En la parte final del entreno, en tiradas de 40, 50 y 60 kms, y de cara a la carrera, probé algún gel, sales e incluso comer sólidos en carrera. En carreras de montaña, donde se anda durante bastante rato, esto no es difícil, pero masticar corriendo o comer y salir al trote no lo había hecho nunca o muy pocas veces.

Seguramente, lo podría haber hecho mejor en este aspecto, pero me falta disciplina y me sobran viajes de trabajo y días de alimentación inadecuada. Aun así, el día de la carrera me encontré fuerte, no tuve la sensación de fallar en este aspecto (quizás un poco en la hidratación), y estoy contento de la gestión estomacal que hice de los 100 kms, con calor y un buen ritmo de carrera.

De nuevo, con un gran equipo de apoyo, Objetivo dos conseguido: los 102 km con 1.300 m de desnivel positivo de la Transilicitana realizados en 9h20’ dejaron un buen sabor de boca, con un 5º puesto que se celebró como un éxito. 

Respecto al tercer objetivo, puedo decir que las ganas de entrenar volvieron rápido y la recuperación muscular fue la habitual. Unos días de descanso y de nuevo la vuelta a lo que nos gusta: correr y compartir kilómetros con amigos, pareja o con uno mismo. ¿Te apuntas?

Esteban Monje
Corredor amateur de carreras de larga distancia.

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